La revista Proa de la Nación publicó un reportaje sobre la selección sub 17 titulado “Goles con ilusión de quinceañeras“. Sigue así… “Veintiún chiquillas hicieron historia al clasificar por primera vez con una Selección Femenina a un mundial de futbol…“. No sé si notan algo extraño… yo sí…
El periodista Alonso Mata -pobre, muy angustiado- no sabía cómo romper el hielo con las chicas… no se le ocurrió algo mejor que preguntar si les gusta la música de RBD… Entonces, al hombre intimidado (”la presencia de las chicas era imponente, ¿cómo no sentirme intimidado ante tanta mujer exitosa? – eso siempre nos pasa a los hombres–“) no se le ocurre algo mejor que preguntar “¿Y les gusta el futbol?“.
Me lleva… Sugiero a los jefes de redacción o a quienes decidan cuáles tareas encomendar, que le hagan a sus periodistas algunas pruebas para medir los niveles de hormonas alborotadas. ¿Qué pasaría si una mujer entrevistara a la Sub 17 masculina y escribiera un reportaje así?
Todo mal… desde el saque con el título de “quinceañeras”, hasta el pase de la foto del equipo haciendo una especie de flor, pasándosela a las “chiquillas” y rematando con las preguntas… porque evidentemente guiaron la entrevista hasta llegar a temas tan deportivos e importantes como los bailes, los novios y otras tonterías.
Para el momento en que el reportaje se puso serio y habló de deporte… yo había dejado de leer para ir a tomar una Sal Andrews para el hígado.
Me enteré de la existencia de David Aguilar por mi amiga de lastfm llamada fujisol. Es una mexicana que vive en Chile y nuestra afinidad musical es tan alta, que ella ya adivina cuando algo me va a gustar (va más allá de lo que hace el software). Esta vez, me mandó sólo una canción y en el instante, quedé flechada con el “Raro Encantamiento”.
Entonces busqué a David y me encontré con su MySpace. Ahí anunciaban que tocaría el viernes 17 en el Foro del Tejedor de la Librería El Péndulo en Zona Rosa.
Mi mapa de la ciudad tiende a invertirse en mi cabeza. Salgo del metro y camino en la dirección contraria a donde voy, bajo del metrobús y calculo que una calle estará a la izquierda y termina siendo dos calles más siguiendo directo. Pregunté en un par de esquinas dónde está la calle Hamburgo y al fin llegué.
De entrada me senté en una mesa que tenía una sola silla (como si me estuviera esperando). La sensación de triunfo iba transmutándose en extrañeza (como cantaba José Capmany) porque el concierto no empezaba. Después, cerré los ojos y decidí disfrutar de haber ido sola. Viéndolo bien, eso me permitió compartir la mesa y un plato de comida con una pareja de desconocidos. También, me permitió jugar con Diego (un bebé de poco menos de dos años) al fort-da, él botaba su carrito de bomberos y yo lo recogía una y otra vez.
David canta con una voz particular. Hay un encanto especial en esa mezcla de la música de banda de Sinaloa (su lugar de origen) con la guitarra sencilla, las armonías extrañas y las letras de polaroid. Su música es de hoy, su mirada también y capta de la vida cotidiana algo de esencia mezclada con lo ácido del desencanto.
David cantinflea cuando presenta sus canciones. Eso sólo acentúa la sensación de ternura que despierta, como si quisiera atrapar el mundo con palabras.
“Soy palabras nudo, ya sé,
no hay nada cuerdo en todo esto,
porque las palabras si se trata de tí,
no responden, se empiezan como a pelear,
por tu culpa hay desorden literal,
mil disculpas ya no tardo en cantinflear”
Anoche, invitó a todos sus amigos a cantar. Cantó Leticia, cantó Huezo una excelente canción, cantó Roberto el boliviano con su hermosísima voz y el foro se convirtió en una fiesta de amigos.
Para mi sorpresa, de pronto apareció Bernardo Quesada y aunque nunca hemos sido amigos, nos dimos el abrazo de compatriotas… nos encontramos. Hablamos de Francisco Murillo y la conexión con la música de David. Le hablé de Carlos Méndez de Panamá. Nos sorprendimos de las propuestas de estos jóvenes mexicanos. Después se acabó el tiempo y nos encendieron las luces para decir adiós.
Ahora David ya no está en el D.F. Está viviendo otra vez en Sinaloa para grabar con una banda de la región. Sus discos son todos grabados en casa, cosa que parece increíble. Porque a David le falta producción pero talento, originalidad e imagen, le sobran. La producción se hace, lo demás no se encuentra muy a menudo. Pero en México, al parecer, la música chatarra es lo que apoyan las disqueras. Tendrá que venir Joaquín Sabina o alguien a descubrirlo, como pasó con Jorge Drexler, quien tocaba abandonado en los bares de Montevideo.
David y Bernardo no sabían que existe lastfm. Les pareció maravilloso cuando les conté, pero hay que ver cuándo suben su música. Ya hay cientos de oyentes esperando.
Había pensado que el cielo de esta ciudad no tenía luna, pero esa noche la gran señora se presentó radiante a la cita.
El auditorio se imponía y mientras caminaba hacia la entrada, una camiseta decidió que no se iba a despegar de mí. Era de entre todas, la más linda, aunque en los puestos vendían camisetas con letras brillantes, jackets hermosas, camisetas de fútbol argentino con el número 10 y el nombre de Calamaro.
Me senté en las gradas a esperar a mi amiga. Digo yo que todos los argentinos de México D.F. estaban ahí y todos llamaban a casa. Me “enamoré” tres veces mientras esperaba. No es el acento, debe ser el ego, esa actitud de “no hay nadie más guapo ni interesante en este mundo”.
Lo cierto es que no hay nadie tan guapo, tan maravilloso ni tan divino como Calamaro. Es que es un músico de verdad. Hay que ser de verdad para presentar a sus músicos y decir como la gran cosa, que aquel tocó con Miguel Ríos, que aquel fundó a Los Enanitos Verdes… “¡por favooooor! si sos Calamaro, el lujo más lujoso de esos músicos es tocar con vos mae” -pensaba mientras la A. y yo bailábamos sin parar nada más que cuando cantaba tangos. Eso no les resta nada, Calamaro se trajo excelentes músicos y el sonido en el Auditorio Nacional es increíblemente bueno (sólo fallaba cuando las guitarras se ponían a mover la melena de tanto rock). Ir a un concierto y poder comprender las letras es una experiencia inédita para esta tica, acostumbrada a ir a conciertos en el “Palacio de los Rebotes”.
Y Calamaro cantaba, cantaba, de pronto metía de improviso una canción de Bob Marley o una de Cheo Feliciano, y seguía cantando una y todas mis favoritas… TODAS lo que se llama TODAS (porque faltó Media Verónica, pero esa no es mía). Y nosotras bailábamos casi todas… aunque en algunas nos tocáramos el pecho porque dolían. Por dentro nos mentíamos el dicho ese de “no lloro, es que me sudan los ojos” pero después venía otra de las que no traen recuerdos, así que seguíamos sorprendiéndonos del concierto taaan bueno en el que estábamos.
Dos horas y media de puro regalo. Calamaro besó el piso del Auditorio y mostró su camiseta de Zapata, se quitaba los audífonos de los monitores para escuchar al público. Estaba emocionado y agradecido, como agradece uno de los de verdad cuando la gente aprecia su trabajo.
Nota de La Jornada (la foto es de ahí). No está muy buena la nota pero ¿diay?